Por: Felipe Sérvulo
Elucubraciones intrascendentes mientras espero a Alejandra.
La cita fue en Shibuya.
Habíamos quedado frente al Tokio Women´s Plaza, pero mi navegador, que siempre me confunde (aunque tal vez soy yo el desorientado), me trajo a la puerta de la Universidad de la Naciones Unidas y pensé que era un buen lugar para esperar.
Durante la espera, recuerdo que estoy en pleno barrio de Shibuya, aunque tengo entendido que esto no es un barrio, ni una ciudad, ni un distrito y mucho menos una prefectura, porque es una «Región Especial». No sé qué significa eso exactamente, pero creo que para los extranjeros esta «región» sí es absolutamente especial, ya que en ella está el mundialmente famoso cruce, por el que cada día pasan miles de personas al abrirse.
Una opción mejor que los pasos de peatones, donde hay turistas que pasan, pasan y pasan, es recalar en alguno de los restaurantes cercanos.
PERDERSE y aprovechar el tiempo: / sopa de miso con verduras, / arroz de grano corto, / tempura en aceite de sésamo, / salsa de soja, / una pizca de wasabi, / brotes de bambú, dientes de dragón. / Sabor de siglos. / Una sonrisa, el mejor postre. / Colosal Kate Moss, / cerca de la estación Yoyogi.
¿Quién no se ha citado junto a la estatua de Hachiko? El famoso perro protagonista de una historia tan bella como triste, porque durante diez años esperó cada tarde a su dueño fallecido.
Mientras tanto, inmerso en una temperatura insólita para finales de septiembre, reflexiono sobre la última «frikada», en la que dicen que la sombra de cada uno —como la mía ahora, proyectada sin querer, frente a la universidad— pesa. Sí, habéis leído bien: sostienen que la sombra pesa. Después de la nunca comprobada afirmación de Duncan Macdougall de que el alma pesaba 21 gramos, una teoría que quedó en el olvido hasta que llegó la excelente película de Alejandro González Iñarritu, donde se da por hecho que todos perdemos esos gramos al morir, aunque en realidad ese es el peso que sobrellevamos los que quedamos aquí.
Bajo el calor húmedo de Tokio, la espera se me hace penosa, pues me hace recordar estas cosas, pero ya sabéis que el cerebro funciona autónomamente y divaga por donde quiere. Entonces, vuelvo a pensar en esa nueva teoría, ya que para enredar más el asunto dicen que nuestra sombra pesará más si estamos iluminados con luz azul que si nos iluminan fotones rojos. Como se puede ver, todo parece muy transcendente, para luego llegar a la conclusión de que la diferencia de peso entre un objeto iluminado y uno que no lo está es ínfima: una centésima parte de un solo grano de azúcar.
Ignoro si ya nos ha alcanzado la temible distopía que nos anunciaba la ciencia ficción, pero en lo que ahora estamos inmersos es en la total tiranía de las redes sociales y en sus vacuas, cuando no falsas y tontas, informaciones.
De pronto, la divisé en la lejanía y mi amiga virtual transmutó en real. Alejandra Mayo trae la sonrisa puesta, lo que es de agradecer, porque luego compruebo que es algo consustancial a su personalidad. ¡Bien! Nos damos un abrazo como «Dios manda» y mandan nuestras tradiciones, lo que también es reconfortante, después de tanto tiempo con saludos ceremoniosos, pero distantes.
Hablamos de poesía y, entonces, todas esas esperpénticas teorías se las lleva mi cerebro a algún escondido almacén para atacarme en otro momento, porque los malos pensamientos, como sabéis, siempre vuelven, sobre todo en las madrugadas insomnes.
Con ella, hablo, ¿cómo no? De Sadako, pues le explico que por ella he venido.
MIRA mi rostro / mis manos extranjeras, / el desierto de Almería / que ya no abarca mis ojos azules. / La luz de sur y el Mediterráneo / que te traigo. / De allí vengo.
No soy como el que viene / y no sabe ni su nombre. / Yo vengo en el tren bala de la vida / porque aún comparto auroras, / desde donde vislumbro / ciudades y campos, / como el que oye palpitar. / Pasa el interventor, / saluda y comprueba / que los pasajeros / siguen vivos. / Y el tren continúa tan alado que el día se abre / y se quiebra en un segundo.
Después de estas elucubraciones, caminamos con Alejandra hacia el Tokio Women´s Plaza, el lugar de reunión con CICHA, donde me encuentro con las mujeres hispanohablantes que forman la asociación fundada en 1990 y que actualmente tiene casi un centenar de socias de distintas nacionalidades.
Al llegar, otro abrazo con Isabel Estrada, reconfortante, reparador, casi balsámico. Luego, la calidez y el afecto de nuestra gente, que en eso no nos gana nadie.
Por mi parte, intento ofrecerles una lectura de mi libro Mil grullas de origami, dedicado a Takumi, ese niño pelirrojo, tierno, tan especial, con un cromosoma excesivo.
TAKUMI es un buscador de sonrisas, / la vibración de un taiko, / porque estamos de fiesta, / porque se deshace la distancia / en su casa de ciprés y abeto. / Una grulla que atraviesa la noche, / ¡qué buen augurio! / Hace muy poco fue ayer / y ahora estamos sucediendo / bajo el cielo de Mitaka.
Ensayo, leo en voz alta, grabo los poemas… Todo perfecto, pero el niño (puñetero niño) no me deja leerlos en público. Me auxilian en mi naufragio, Fernando, Isabel, Alejandra y tantas personas que los leen sin problemas, pues no sufren el chantaje emocional al que me tiene sometido Takumi.
En la mañana de Tokio, resuenan mis sencillos versos en distintas voces que los hacen mejores y me envuelven en cariño y amistad. Cuando llegué el 3 de septiembre como integrante de la «Movilidad internacional de autores literarios derivadas del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia», dicho en el solemne y barroco lenguaje oficial que tanto gusta a la administración, no se podría pensar mejor despedida de mi estancia en Japón,
Mi encuentro con CICHA fue el 26 de septiembre de 2022 y al día siguiente volví a Barcelona.
AQUÍ las despedidas / se guardan en el corazón, / sin más aspaviento. / O unas reverencias calladas. / Después de todo, la vida se va / sin pedirnos permiso / y hay un duelo natural en cada adiós. / Me gustaría recordarte siempre, / aunque se borre tu rostro, / porque la memoria muchas veces / se hace traicionera / y olvida horizontes, / los ojos, / las palabras, / los besos. / Al fin y al cabo, sayonara / fue siempre Miiko Taka y Marlon Brando. / Ahora, bye bye, es una fría terminal / de un Narita imposible / que te aleja. / .
どうもありがとう、私の友達!
Dōmo arigatō, watashinotomodach!
Felipe Sérvulo
