Por: Emmanuel Trinidad, Consejero para Asuntos Culturales, Embajada de México en Japón.
México y Japón han tenido contacto desde antes de existir como los países que hoy son, hace más de 400 años. En nuestra larga amistad, la ciencia y la cultura han tenido un papel fundamental.
A principios del siglo XVI, la Nueva España y el Shogunato Tokugawa estuvieron en contacto diplomático e incluso vinieron expertos novohispanos para enseñar a japoneses métodos y técnicas para la minería de la plata.
Sin embargo, fue hasta 1874 cuando una comisión astronómica, que viajó de México a Japón para observar a Venus y así poder medir la distancia de la Tierra al Sol, abrió las puertas para que nuestras dos naciones establecieran su primer Tratado de Amistad y Navegación, que se firmó el 30 de noviembre de 1888. Desde entonces, a través de las artes y la cultura se han construido muchos puentes de entendimiento, que siguen fortaleciendo la amistad entre nuestros dos países.

En la literatura, por ejemplo, hacia fines del siglo XIX había ya menciones a México en obras japonesas mientras que el viaje de José Juan Tablada en 1900 y sus crónicas tituladas “En el País del Sol”, impulsaron desde entonces un interés por Japón en México que continúa creciendo hoy, 120 años después.
Un ejemplo importante de la importancia de la cultura y el arte para la relación México-Japón fue la colaboración que establecieron Octavio Paz, quien estuvo encargado de reabrir la Embajada de México en Tokio en 1952, y el diplomático japonés Eikichi Hayashiya. Juntos tradujeron al español “Sendas de Oku», obra clásica de la poesía japonesa, e impulsaron el Acuerdo de Cooperación Cultural México-Japón, que dio paso a la Magna Exposición de Arte Mexicano, presentada en Japón en 1955.
Esa exposición tuvo un gran impacto en artistas japoneses como Taro Okamoto, Kojin Toneyama y Kiyoshi Takahashi, quienes introdujeron en sus obras ecos de la vibrante cultura propia de México. Los colores y motivos plasmados por Okamoto en su gran obra mural “El Mito del Mañana”, que puede admirarse en la estación de trenes de Shibuya, en Tokio, es ejemplo magnífico de la influencia de la cultura mexicana en Japón.

La literatura, la arqueología, el cine y la música de México también han encontrado sitio en el corazón y el gusto de muchos japoneses. Más de 30 escritores mexicanos de diversos géneros han visto sus obras traducidas al idioma japonés, desde los más reconocidos como Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Fernando del Paso, hasta distinguidas contemporáneas como Elena Poniatowska, Valeria Luiselli y Sol Ceh Moo, quien escribe en lengua maya de Yucatán.
Por varios rumbos de Tokio y también en otras ciudades de Japón, se encuentran huellas de México y su cultura. Los viajeros que arriban a la estación de Keisei en Ueno, pueden admirar justo en la entrada un mural del gran artista mexiquense Luis Nishizawa, mientras que en el parque Chidorigafuchi, a un lado del Palacio Imperial y donde anualmente se congregan multitudes a admirar los cerezos en flor, se levanta la escultura azul de Sebastián, regalo del pueblo de México que conmemora el primer centenario del inicio de la migración japonesa a nuestro país, en 1997.
La presencia del arte mexicano se puede encontrar también en calles y museos en Osaka, en Nagoya, en Kioto, en Saitama, estas tres últimas ciudades hermanas de la Ciudad de México, Guadalajara y Toluca, respectivamente. Y también en Sendai y en Onjuku, ciudades hermanas de Acapulco. Es importante también el creciente gusto en Japón por la gastronomía mexicana, que está ya presente desde Hokkaido hasta Okinawa.

La atracción de las milenarias culturas de México y Japón sigue impulsando el crecimiento constante de la amistad entre nuestras naciones. Por ello, me es grato felicitar al Círculo Internacional de Cultura Hispanoamericana, que en los últimos 30 años ha contribuido de manera muy valiosa a la difusión y promoción de la cultura de México, y de todo el mundo de habla hispana, en Japón.
Nos congratulamos por el lanzamiento de su sitio de internet, que será un gran medio para expandir el conocimiento y el gusto por las letras, la música y el arte de Hispanoamérica entre el público japonés y, sobre todo, un vehículo para construir más lazos de amistad y solidaridad entre nuestros pueblos. ¡Enhorabuena!
